lunes, 5 de septiembre de 2016

Máquina de mirar



Estoy en el bar “Los Dos Galgos”, tratando de escribir un relato que tengo que presentar en el Taller. Como siempre, me distraigo observando a los concurrentes pero esa es mi principal herramienta: ver. 
Lo que me gusta de este bar es que no hay un televisor encendido y el volúmen de la música es sutil. 
Anteojos negros de Carey, auriculares en la sien;
no me escucha, no me ve,
y yo puedo observar tranquilo

Suena “Cinema Verite” y la voz de Charly me mece. Hasta ahora nada interesante pero veo por la vidriera estacionar una moto de gran cilindrada y muy japonesa. Espero con ansiedad a que se saquen los cascos negros. ¡Vamos! Denme la excusa para comenzar a escribir algo

La playa como un ajedrez, el tipo del Mercedes Benz,
que está tirado ahí nomás,
tiene solo una cosa en mente:
solo una chica tonta más bajo el sol,
como una propaganda de bronceador.

Señor de unos 50 años con una jovencita veinteañera. Padre e hija. No, no me sirven. Ahí entran pero…

Él sabe como impresionar, caminando como Tarzán;
el es Eva y ella Adán,
y yo estoy en cualquier planeta;
presiento que algo va a pasar, las plumas del pavo real
oscurecen hasta el sol y él se siente el rey de la selva.

… el motoquero habla con suficiencia y ella se ríe mientras se levanta el pelo de manera seductora. El tipo saca de su mochila unos libros, alcanzo a ver que son de Economía.

Y yo estoy con la máquina de mirar,
justo en el paraíso para filmar...
Yo puedo compaginar la inocencia con la piel,
yo puedo compaginar...
Yo nací para mirar lo que pocos quieren ver,
yo nací para mirar...Miro!

Ya veo… El profesor y su mejor alumna. Le habla de lo nefasto del neoliberalismo y las terribles consecuencias en América Latina, mientras de reojo controla que nadie se acerque a su moto nipona.

Ahora él le ofrece una manzana, ahora le insiste de probar,
ahora estimula sus membranas ¨por la hotline¨!

Con admiración, la piba asiente mientras él deja caer su mano sobre la suya, como por error. Y ella se queda esperando la estocada final.

En escenarios solitarios la gente se abre un poco más
y hasta dos pobres millonarios se pueden encontrar.
Cayeron los auriculares y los anteojos de Carey,
la luna baja los telones, ya es de noche otra vez.

Ahí va, él acariciándole la nuca y ella fingiendo inocencia.

Ya son las nueve y me tendría que poner a escribir.


Andrea M. Leiva
Septiembre 2016