miércoles, 25 de enero de 2012

Lo que el viento te dejó

Parado en la playa, mientras tu pelo se revuelve, te preguntas: "¿Qué hago yo acá?"

Pasaron muchos, muchisimos años desde que lo vieras por última vez. Siempre tan lejano, tan perturbadoramente ausente. A veces te lo imaginabas regresando e invocando el padre que nunca fue, para poder darle un humillante portazo en la cara. Otras veces lo veías arrepentido, cambiado y pidiendo con humildad que lo perdonaras.
Pero la mayoría de las veces no querías pensar en él y en su callada ausencia. Tus hijas preguntaban por ese hueco, por ese abuelo que estaba en ninguna parte y vos hacías fintas con las palabras.

Una voz llegó desde miles de kilómetros para recordarte que eras un hijo, avisándote que su regreso iba a ser imposible, que en un hospital te aguardaban solo sus restos. Te bebiste esos kilómetros sólo, porque así lo querías enfrentar. Bajaste del auto y un fuerte viento te recordó cuan lejos de casa estabas.

Entre trámites penosos y formalidades varias, alguien te alcanzó hasta la casa, para que pudieras recoger sus cosas. Después volviste a quedar solo y antes de partir, llegaste hasta la playa.

Y entonces, en la soledad del invierno, te respondiste que estabas allí porque habías ido a buscar solo lo que el viento te había dejado:  una ausencia definitiva y un manojo de interrogantes.